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Inauguración el 28 de febrero de 2015

El artista puertorriqueño Orlando Vallejo, nacido en Caguas en 1955, se caracteriza sin duda por el protagonismo que otorga a la naturaleza, entendida ésta como punto de partida e inspiración para unos desarrollos de una complejidad que abarca conceptos, estilos, improntas muy personales y reflexiones que van más allá de premisas descriptivas y conciernen el entorno y la sociedad.

Definir su lenguaje como expresionista toma en cuenta aspectos sólo parciales. Es cierto que su parentesco con los diferentes expresionismos históricos se manifiesta en el desenfreno de colores cálidos, brillantes, contrastados, arrojados de manera intuitiva e irracional, en la gestualidad y el caos que genera. Sin embargo, hay que agregar la conciencia de una composición subyacente, el manejo deliberado de las referencias estilísticas más variadas en el tiempo y el espacio, la superación de las categorías abstracto-figurativo así como del arrebato individual.

Partimos entonces de un paisaje expresionista, y alcanzamos otras dimensiones en el arte de Vallejo. Una, fundamental, consiste en su capacidad (caracterizada en la historia del arte latinoamericano por el término de “antropofagia”), para apropiarse de estilos y doblegarlos: aparecen ecos del clasicismo en la organización espacial (Nocturno), recuerdos goyescos en Un suspiro, y, de modo más amplio y general, una comunidad espiritual con los atormentados paisajes de Soutine (patente en composiciones vertiginosas y la presencia de árboles retorcidos y casas tambaleantes), sin ignorar los rastros del fauvismo, del expresionismo alemán y desde luego del Action Painting. Dentro de este eclecticismo muy afín al espíritu post-moderno, es asombroso cómo Vallejo juega con esas referencias, no como consabidas “influencias”, sino como una manera de conectar con lo universal desde sus propias vivencias y buscar nuevos significados.

Otra dimensión apreciable del arte de Vallejo es la de articular el discurso individual con el colectivo, y hacer de la tradición puertorriqueña del paisaje el soporte de un realismo social también muy transformado, que se enraíza en lo nacional, pero dentro de una visión contemporánea, irónica y algo desencantada, poniendo de relieve problemas actuales como los desastres ecológicos y el urbanismo anárquico. El encantador paisaje tropical se transforma entonces en un escenario conflictivo.

Esta preocupación de Vallejo que reivindica al arte como trasmisor de ideas es muy visible en la importancia que da también al retrato, como en la serie Conciencias libres, gracias a la que se solidariza con los presos políticos.

En casos atractiva y seductora, en otros acuciosa y acusadora, la obra de Vallejo, llena de ambigüedades y tramposas apariencias, no admite generalizaciones ni categorías preestablecidas.

 

Federica Palomero/Madrid/diciembre 2014

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